Miércoles 08.02.2012 | Actualizado 02:24 (hace 1 hora)
«La verdadera música es la única prueba concreta de la existencia de Dios.» Emile Cioran (Parte I)
Hace poco escuché en una radioemisora: «Grupo importante de música requiere, con urgencia, un vocalista, los interesados llamar al celular…» El día que oí este requerimiento publicitario quedé estupefacto. Quizá esta haya sido una de las razones periféricas por las que pensé en escribir estas líneas sobre cantantes puneños de hoy. Porque existen muchas más razones para estas palabras y, obviamente esos motivos son más inmensos que el spot que podría rebasar cualquier colmo cuando de agravios se trata. Vamos a hablar de música y de canciones y de cantantes y de la cansante monotonía y de la falta de poesía en las canciones.
Todavía existen, abundan, personas que confunden dinero con arte, que involucran fama con estética. Y, al generar esa confusión, causan también malestar en los oyentes, escarnecen al público al que se deben, inclusive a los fans (no sé si éstos últimos puedan existir en Puno o Juliaca). Como si los vocalistas fueran muchos y anduviesen por las calles buscando trabajo de cantante. Como si el hecho de cantar de verdad, con el auténtico rigor que exige la música, fuese algo así como tomarse un trago y ya. Sólo falta que se busquen compositores o arreglistas a través de un aviso publicitario por la radio o la televisión. Todo es posible. Aunque podría dudarse lo del compositor, puesto que a estas alturas y con todo el tipo de «música», con toda esa insolencia «musical» que se oye en las radios y en la televisión, no creo que sepan, los directores, cantautores o cantantes o grupos o «managers», no creo que sepan qué es un compositor o un vocalista auténtico, puesto que ni siquiera saben qué es en realidad la verdadera música. Si lo que digo pareciese un agravio o escarnio, lector, encienda su TV o su equipo de sonido y compruebe usted mismo: ¿Lo que se oye es música? ¿Interpretación musical? ¿Hay grupos musicales en Puno? ¿Se cultiva el arte musical en Puno, Juliaca o cualquier espacio de la región? Y, sin salirnos demasiado del tema, en la TV ¿se ha producido algún vídeo clip para promocionar una canción puneña? ¿Son vídeo clips esa acumulación de imágenes que inundan los canales televisivos?
La «música» que en estos días prolifera en todo el departamento es un agravio al público. La fama y el dinero están cambiando completamente el propósito verdadero de la música. Hay una abundancia, una aglomeración casi como una enfermedad endémica de grupos, grupitos, bandas, etc. que no pasan de ser simples malimitadores de la verdadera música. Hay por doquier, en cada esquina o cuadra un grupo o «cantante» que está haciendo de la música una práctica espantosa de arte, parecen no saber que sólo existen dos tipos de sonido: el ruido y la música. Ya desde hace muchísimos siglos atrás esto también era reclamado por Parménides de Elea, cuando decía: «La música que no sea tal, sólo puede llamarse ruido.» Y que lo que algunos, la gran mayoría de nuestros intérpretes logran hacer, se llama, sin duda alguna, ruido. La música para ellos está lejana, tal vez a miles de años luz.
Nos están invadiendo un sinfín de «reyes del sur», «princesas del sur», «príncipes del ande», «príncipes de allá», «princesas de acullá» «dioses de Juliaca», «diosas del lago», «muñecas de Puno», «señores del arpa», «flores del cielo», «Riders man», «Johns Niltons», «Fiver Members», «Cleysi Lunas», «Andean Lirics», «Nashy Freys», «Carol White», «Melody Totals», y un largo etcétera que, empezando por los nombres mismos, se puede notar la carencia de imaginación de la que gozan. Otros se han pasado a denominar «La voz del Perú», «La armonía emblemática de la canción», «El símbolo de tal o cual lugar.» Ellos, cantantes, intérpretes, arreglistas, primera guitarra, primera voz, todo en uno, son los que no saben ni una nota musical. Ignoran, por ejemplo, que la música necesita de la poesía. Que las canciones tienen un lenguaje altamente literario y no un enrevesamiento de palabras vacías y contentas de un sinsentido global y encima relucientes de una mala escritura o mala vocalización de los «famosos vocalistas.» Cuán lejos están de conocer que las canciones son poesía. Ritmo. Estética. Música. Arte. Melodía. Armonía.
La música nació unida a la poesía y la música estuvo, desde siempre, destinada al baile, que inicialmente exteriorizaba un carácter litúrgico y sagrado. La música, la canción más bien, servía para que se grabaran en la memoria de los miembros de cada comunidad los valores morales, las pautas y normas que organizaban la vida y la convivencia de los pueblos. La relación de poesía y música ha sido y es una de las más antiguas y fructíferas colaboraciones que se producen entre distintas manifestaciones artísticas. Inicialmente, las artes no cumplían funciones específicamente estéticas ni gozaban de un ámbito disciplinar propio, sino que tuvieron más bien una función pragmática, ya que eran instrumentos, herramientas que conducían al goce estético. Canciones y rimas se emplearon, primeramente, para que se recordaran los comportamientos de los personajes modélicos y ejemplares que servían de arquetipos de identificación de los valores propios y, para que se aprendieran normas de conducta que garantizaban la supervivencia personal y el funcionamiento de los diferentes grupos. Hoy, si bien es cierto, la música ha dejado de cumplir esas facetas; en la actualidad el arte musical es más amplio, en el sentido de que puede cumplir más que funciones estéticas y disciplinares, sino también de placer, de goce, de diversión, celebración, delectación, satisfacción, alegría, etc.
Esto supone que cuando el ser humano sintió la necesidad de expresarse y hacer oír sus sentimientos, utilizó movimientos del cuerpo acompañados de sonidos. Interpretación y acompañamiento de instrumentos musicales. Melodías que progresivamente se fueron enriqueciendo con ritmo, melodía y finalmente con palabras, con poesía. Sin embargo, en contraste con etas ideas, las fiestas, los conciertos, los recitales de música que en cada fecha importante que se celebra en Puno, se ha convertido en un mercado que sólo tiene un único objetivo: negocio, dinero, negocio. Y efectivamente, tal vez el fin último de la música sea vender y producir dinero, empero, esa función o ese objetivo se debería lograr a través de una demostración de arte, un testimonio de la calidad artística que antaño sí era notorio. Con estas líneas no estamos en contra de la música local, menos con el folklore, con lo nuestro, con la música de nuestro terruño. Más bien deseamos resaltar que esa música es la que está siendo olvidada, en muchos casos agraviada. Creo que resulta ser un agravio el hecho de reinterpretar el tema favorito de un grupo o cantante famoso o reconocido, reinterpretar un tema de valía pero con una voz desubicada, con unos instrumentos que no afinan, etc. Es de suponer que cuando se reactualiza un tema clásico se debe, mínimamente, igualar la calidad interpretativa del tema original o, en el mejor de los casos, superar la interpretación original, como un homenaje al compositor y al intérprete; sin embargo lo que se hace es una burda emulación sin ton ni son. La música de otrora sí gozaba de cantantes, vocalistas, letra y, sobre todo, tenía altos niveles de poesía. La música de antaño sí tenía compositores. Sí tenía arreglistas. Si merecía ser escuchada, bailada, gozada, aplaudida. La de hoy, no.
Haciendo un breve repaso por algunos íconos peruanos de la música popular, diremos que se dejan extrañar melodías, grupos y cantantes como Los Errantes, Los Campesinos, Pastorita Huaracina, El picaflor de los Andes, los primeros temas de Alicia Delgado, Flor Pucarina, los temas clásicos de Lucho Barrios, El Cholo Berrocal, Iván Cruz, Carmencita Lara. Y si hablamos de otros ritmos o géneros musicales que marcaron época, podríamos citar, por ejemplo al valse criollo que tuvo, y todavía tiene, a sus representantes, a quienes se les puede escuchar cantando con la misma vitalidad artística de siempre, quién no recordará a Chabuca Granda, Jesús Vásquez, Lucha Reyes, o compositores como Felipe Pinglo Alva, autor de temas como: «El plebeyo», «El huerto de mi amada», «Mendicidad», «El canillita», «Pobre obrerita», «Rosa Luz». Compositores de la talla de Manuel Acosta, cantautores como Alicia Maguiña. Hay que reconocer que para esto de la composición o interpretación musical se debe conocer de semanticidad del sonido, hay que ver y sentir a la música como actividad creadora y experiencia estética, hay que leer sobre la apertura del signo musical, conocer la naturaleza del signo musical, hay que saber aspectos sobre semanticidad del signo musical, etc. Aspectos que seguramente son ignorados por tantos que se han dedicado a escribir las líneas de la música puneña con un arte desafinado, superficial y absolutamente efímero. Quizá tenga algo que ver lo que el escritor Bernard Shaw decía: «El infierno de hoy está lleno de aficionados a la música.»
Estrictamente en Puno, diremos que las Estudiantinas cumplieron un rol musical que marcó época. Al igual que los sicuris, las tarkadas, las zampoñas que aún generan melodías realmente incomparables y que, por supuesto, son otro motivo para decir la valía de la buena música puneña. En tanto que hoy, si hablamos, por ejemplo, de los ritmos chicheros (porque cumbia no hay) no han tenido precedentes, ni nada parecido, y justamente por eso, estos grupos, en la actualidad, deberían marcar un punto de partida para que de aquí a unos cinco o diez años digamos que tal o cual grupo fue de los mejores, un clásico; pero con estos grupos o solistas que nos dañan los oídos ¿qué diremos de aquí a uno o un par de años? ¿Podrán pasar estos grupos a la historia por la calidad de su música? ¿Cuántos meses más sobrevivirá esa música que hoy es una moda light? Música efímera. Creo que a fuerza de voluntad nos están obligando a escuchar en la calle, en la combi, en la plaza, en el mercado, en la oficina, en el trabajo, una mala, ¿pésima?, música. Creo que es verdad que hay cuatro formas básicas para que una música o canción nos llegue a gustar o pase a ser una de las favoritas: a) porque posee una melodía que agrada a tus sentidos y te emociona, ya lo señalaba Oscar Wilde: «El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos.» (Podría ser una canción en inglés en alemán, en chino o en cualquier otro idioma que no comprendiéramos nada de nada, pero que te puede llegar a agradar la melodía, y eso se llama música, el hecho de que te haga vibrar, sentir, suspirar, silbar, etc.) b) porque tiene una letra de inmensos logros líricos. c) porque es una música acompasada con una letra que se identifica contigo y, e) porque en el sitio donde laboras, a diario estás obligado a escuchar esa música. (Esta última forma puede llegar a concretarse si tus gustos musicales aún no están definidos y, también, si no estás acostumbrado a escuchar música de verdad.)
En Puno, dudamos mucho de que haya un solo cantante que tenga la calidad de interpretación musical, una interpretación que merezca un voto de aplausos, que sea el respeto y el representante del verdadero arte musical. Es muy dudable y no creemos que exista esa singularidad en ninguno de los géneros musicales. Ni dama ni varón. Ninguno que merezca llamarse vocalista en el sentido íntegro del término. Y si existe, es una lástima que aún permanezca inédito. Porque, como se entenderá, en estos casos, la voz es la herramienta principal, el medio con el que la palabra evoca melodías, imágenes, sensaciones, recuerdos, lugares y personajes, imaginarios o reales. En la interpretación musical oral, la palabra toma vida, transmite sentimientos o experiencias diversas, es la forma en la que una simple historia pasa a tener efecto literario, a considerarse como literatura a través de la música. Una buena música y una buena voz producen lo que se llama armonía. La música no es monotonía. La música, las canciones, van de la mano con la poesía. Sin embargo, pese a esta estrecha relación inicial, música y poesía han ido evolucionado por caminos diferentes hasta llegar a establecerse de forma independiente, pero con la siempre necesidad de que la música necesita de la poesía, pero para hacer con ella otro cosmos con sus propias características, con sus propios géneros y autores. Por fortuna, y al igual que el cine o la televisión, la música es otra de las artes que en los últimos años ha vuelto sus ojos con mayor atención al mundo poético para ofrecer versiones, adaptaciones, incluso traducciones de textos literarios. La música se centra en la estética, la metáfora y la brevedad de la poesía. Son tantos los factores que influyen en la composición de una obra musical y en el modo en que ésta es posteriormente recibida que un acercamiento completo debe tener en cuenta cada uno de los elementos que intervienen en el proceso de creación, transmisión y recepción.
En esta breve revisión de la pretensión musical puneña inconclusa, nos damos cuenta también que esto no sólo ocurre en la música, sino que esta especie de mal se está dispersando en otras artes, y aquí en Puno, está llegando también a lo que ciertas personas han llamado «cine.» Esto nos conduce a pensar que el arte del siglo XXI responde a lo que estudiosos imbuidos en el tema han denominado «estética de lo efímero» (aunque en este caso la estética esté muy alejada), con su consecuente método de la valoración de la instantaneidad, y de este modo confirman las palabras de Lacan en su definición de «desequilibrio», reapropiado por Fredric Jameson para referirse al sentido de la cultura posmoderna. Jameson manifiesta que la crisis de la historicidad lleva asociada la sustitución de las fórmulas temporales por una lógica espacial. El sujeto (cantante, compositor, en este caso) ha perdido la capacidad de organizar de forma coherente su pasado y su futuro, por lo que la única opción que le queda es poner en funcionamiento un «cúmulo de fragmentos y una práctica azarosa de lo heterogéneo, fragmentario y aleatorio.» El sujeto se ha sumergido en el terreno del olvido en el que se ha perdido ya la profundidad temporal y artística que tiene como búsqueda el goce, la delectación. El uso, a veces indiscriminado, de la fragmentación, muy asumido por las obras de arte posmodernas, intenta responder a un predominio del concepto de «espacio» en el arte del siglo XXI sobre el de «temporalidad», ese aspecto que se ha definido desde el modernismo como aquella tendencia artística que fue el paradigma de lo literario. Hoy, las consecuencias son funestas.
Esta idea del arte de lo efímero en la música, por tanto, nos conduce a ver de cerca estas voces, esos ruidos, esos intentos fallidos de lograr música y ver a través de ellos, como si fuesen los más perfectos modelos antiestéticos, para intentar comprender la cultura posmoderna, por cuanto esto supone una ruptura enorme en la cadena expresiva, en la trabazón sintagmática de la serie de significantes que constituye una aserción o un significado: cuando la relación queda rota, si se quiebra el vínculo de la cadena de significantes, se produce la «esquizofrenia» en la forma de una amalgama de significantes distintos y sin relación entre ellos. Por este motivo, la mente del artista de esta tipología, incapaz de unificar el pasado, el presente y el futuro de la oración como el pasado, el presente y el futuro de la experiencia artística, queda reducida a una expresión de puros significantes materiales o, en otras palabras, a una serie de presentes puros y sin conexión en el tiempo. Inclusive, como podemos oír, se dan los declives antiestéticos. Al desaparecer la memoria, constructora del pasado y del mundo, según Ricoeur o el mismísimo Bergson, únicamente permanece el instante dislocado (lo efímero), en el que ya no existen unas relaciones de causa-efecto, sino de simultaneidad, una coexistencia que va directamente a la desaparición: la evidencia de lo efímero. Entre las ideas del orden y del caos se balancea entonces la estética moderna de la música altiplánica del siglo XXI. Desde las composiciones musicales, interpretaciones, grabaciones, elaboración de video clips, etc., y desembocando en la el CD final que se vende y compra a un bendito sol, o un formato MP3 que vale dos soles, desde ahí se han ido manifestando estruendos que surgen de las nociones de lo informe, de lo inestable, la fragmentación, etc. Categorías, estructuras y figuras que sorprenden por la forma como son consumidas –no asimiladas– yuxtapuestas y generadas en la sociedad de crisis moderna actual. Las múltiples formas de manifestarse van desde el arte llamado de elite o culto, pasando por el popular y llegando al gusto kitsch de la masificada cultura light. Esta monstruología nos sitúa de inmediato en las categorías estéticas del feísmo y lo grotesco, magnificados por el gusto moderno, y se une –siendo su proyección– al concepto del caos clásico. Es una realidad social eufórica, terrible y caótica, que eleva a nociones artísticas a lo siniestro, lo prohibido, lo antirracional, lo inconsciente, manifestaciones de lo ondulante y ambiguo, originadas de las inestabilidades y metamorfosis carentes de sentido artístico, estético, como esta música que cada día se propaga como un mal ¿incurable?
Cantares efímeros: réquiem por la música puneña
darwin bedoya
(Parte II)
La música que se puede oír a diestra y siniestra en Puno o Juliaca o cualquier sitio de esta zona altiplánica, está cobrando ribetes mayores, pues resulta que ahora nuestros vecinos países también han sido tocados por este bullicio. Creo que la ruina en la que se halla la música puneña parte desde los mismos oyentes. No sabemos elegir un verdadero grupo o género musical. Lo mediático es lo único que nos asedia y corrompe nuestros sentidos. Esta es una ruina terrible. Ruina es muchas cosas y puede aludir a muchos aspectos: a lo destruido, a lo saturado, a lo absurdo, a lo inconsistente, a lo vacuo. Las espaldas de los hombres o artistas musicales de nuestro tiempo y espacio se encuentran en ruinas, delante de ellos, se halla el vacío, el desasosiego. O sea: en medio de los despojos del pasado y del cada vez más incierto rostro del porvenir, se encuentra el presente: un aquí y un ahora de instantes vividos y de experiencias nombrables. Entre las ruinas de un pasado cubierto de despojos y el desconocimiento de un futuro que podría ser sólo oquedad, se halla el presente: exaltado o denunciado o condenado por ciertos artistas como por ejemplo los poetas. Con esta avalancha de cantantes y grupos musicales que desentonan en casi todo lo que pretenden, hasta nos atreveríamos a realizar una clasificación de cantantes y grupos musicales, la cual, más o menos quedaría así: a) los desorientados: cantantes y grupos musicales que todo aquello que hacen lo ven como el mejor de los negocios, creen que todo lo producido por ellos es vendible, cobrable y algunos descabellados tal vez piensen en un Grammy o en cantar en Viña del Mar. Actúan por una intuición de cobrar una determinada suma de dinero, lo que es comprensible, pero no con el arte que pregonan; b) los inconcebibles: imaginan ser divos o divas: estos son una gran mayoría. Asumen el rol de famoso con un rostro ajeno, con un tema ajeno, con una suma de dinero pagado en la TV o en alguna emisora de FM que inunda los oídos, abruma con su volumen estéreo; c) los abundantes: pregonan lo efímero de su creatividad. Estos son los que abundan más, creo que con ellos se corona la desarmonía. Éstos son los que no conocen la dimensión del arte musical; d) los confundidos: confunden música con lo efímero de la fama carente de cimientos: éstos son los que buscan ser escuchados en todas las emisoras, los que buscan grabar en una disquera famosa, los que quieren ver su rostro (empapado de photoshop) y su traje costoso en un afiche a full color, barnizado y encima con dimensiones desproporcionadas. Creo que con todos ellos podríamos armar un concierto del desconcierto. El hombre artista –cantante en este caso– de hoy, ha perdido el sentido por la mercancía. Hoy lo que consume son signos y signos. La racionalidad ha perdido la razón. El valor de uso del trabajo se ha extinguido definitivamente. Ya no es importante hacer el producto, sino venderlo. Es ahí donde surge ese desbalance que nos permite ver que los costos de publicidad rebasen enormemente a los de producción. Un producto se vende más porque se publicita y se envuelve en un envase llamativo que por los costos reales (no olvidemos que un CD cuesta un sol). Ese es el origen de la massmediatización del mundo. Los grandes capitales ya no están en las fábricas, sino en los trusts comunicacionales y en la banca. La música está por los suelos. Ya lo decía Chaikovski: «En verdad, si no fuera por la buena música, habría más razones para volverse loco.»
Esta pretensión de querer hacer música en el instante, está desorientando a los cantautores o artistas puneños imbuidos en este desconcierto, los está conduciendo a olvidarse de la esencia primordial de las canciones: la letra y la voz. A todos los seres humanos nos rodea el lenguaje. Todos lo escuchamos y lo aprendemos, todos lo repetimos; pero, dentro de ese universo de signos comunes, está el mundo verbal de cada quien: su voz individual capaz de acompañarlo a la hora de enfrentar las ruinas e infiernos personales que pudiesen rodearlo: las de las incomprensiones e incertidumbres, las de los fracasos y anquilosamientos, las de las frustraciones y sinsentidos. Creo que aquí también entran las voces de los que suponen erróneamente que tienen una voz armoniosa, de cantante, pero que no resulta ser así. En el caso de los seres de palabras, sus ruinas e infiernos propios, serán conjurados a través de expresiones teñidas de penumbras y de solitario dolor. Ahora bien, proponer, como tantas veces escuchamos en nuestros días, que la degradación de los itinerarios humanos debería necesariamente coincidir con la vacuidad de los lenguajes de los seres de palabras, luce insuficiente, atrozmente insuficiente. La voz del verdadero cantante, con sus entonaciones hechas de ilusiones tanto como de sufrimiento, de memorias tanto como de sueños, de esperanza tanto como de desaliento, de armonía tanto como de incoherencia; en fin, eso que llamamos música o arte o poesía, puede llegar a convertirse para cualquier ser humano en compañía y verdad, en aprendizaje y rescate o, simplemente respuestas, como mencionaba Antonio Buero Vallejo: «Cuando nadie me ve, como ahora, gusto de imaginar si no será la música la única respuesta posible para algunas preguntas.»
Aceptar, como alguna vez sugirió Jacques Derrida, que la conexión entre las palabras y el mundo era por entero arbitraria porque el mundo no desempeñaba papel alguno en las voces que lo evocaban, no pasaría de ser una apuesta a la ausencia de compromiso de los seres de palabras para con sus voces. Distinguir tanta devastación como la que a veces percibimos en los hombres, cantantes de nuestro alrededor, no debería nunca llevarnos a quienes amamos las palabras al mutismo de lo ininteligible ni al vacío de lo inexpresivo ni a la banalización de las canciones efímeras que han inundado el mercado musical puneño. Llevada a tales límites, la música o la poesía, el juego de palabras (las vocalizaciones) terminaría por convertirse en irrelevante parodia de la desolación: una ingeniosa destrucción –o deconstrucción– de las voces, una «intelectualizada» manera de hablar para no decir nada. Una destrucción de la música. Una manera de cantar sin hacer sentir el goce de la armonía. El placer de la armonía. Actualmente, con la existencia de la cultura de masas, las nuevas tecnologías y el mundo audiovisual, surge la posibilidad de conocer y aproximarnos a las obras maestras de la música. Y si no fuera así, creo que grandes y brillantes ejemplos de buena música, letra e interpretación está en los himnos. El himno nacional del Perú es el mejor modelo de todo lo que representa la música. Este himno es una pieza artística que transmite solemnidad, liricidad, armonía a la vez que pomposidad, simetría, conceptos que a través de la música quedan ya asociados al verdadero arte musical. Al ritmo. La cadencia. La melodía. La poesía. La letra. El lenguaje. Ludwig Van Beethoven señalaba que «la auténtica música debe hacer saltar fuego en el corazón del hombre, y lágrimas de los ojos de la mujer.» Mientras que Baudelaire gritaba: «La música excava el cielo.»
Theodor Adorno, concertando con Eagleton, decía que la autonomía estética de la obra arte anhelada por los románticos vería plasmada su forma en la modernidad, pero como una especie de política negativa: El arte pésimo, vacuo y efímero, como la humanidad, es entera y gloriosamente inútil, tal vez la única forma de actividad no reificada y no instrumentada que ha restado. Pero la búsqueda de los artistas musicales puneños no ha sido la constancia de siempre estar explorando en el buen arte por encima de todo. Haciendo que el ente final, el oyente en nuestro caso musical y puneño, apruebe la valía y la dimensión de la interpretación musical. Baudelaire consideró «una monstruosidad» la transposición del orden artístico cuando éste implicaba lenguaje, pues el lenguaje que esta operación musical engendra, sometido al modelo de «serie indefinida», no dice más que un «jeroglífico infantil». Los intérpretes estudian teoría musical para ser capaces de entender las relaciones que un compositor espera sean comprendidas en la notación, y los compositores estudian teoría musical para poder entender cómo producir efectos y cómo estructurar sus propias obras. Los compositores deberían estudiar teoría musical para guiar su proceso precomposicional y las decisiones composicionales. Pero eso nadie hace en Juliaca o Puno, y mientras eso ocurra seguirán apareciendo cantos a lo efímero. Los verdaderos compositores de temas musicales son un tipo de escritores. Tienen algo de poeta y algo de narrador. Zacarías Puntaca Farfán, el lampeño, por ejemplo, tenía algo de poeta, prueba de ello está su «Huajchapuquito.» A este singular compositor habría que acompañar otros nombres de compositores e intérpretes y músicos puneños que nunca podrían pasar de moda, estos son: Castor Vera Solano. Benjamín Camacho Gallegos, José Andrés Dávila Martínez, Abel Arce Gordillo, Victor Cuentas Ampuero, Gaspar Aguirre Flores, Rosendo Huirse entre otros muchos de gran valía como Theodoro Valcárcel, el gran músico puneño.
Todo lo mencionado nos hace comprender que nuestros actuales cantantes sólo ven el arte musical hasta sus narices, así, es casi imposible que vean más allá y puedan organizar un concierto único de auténtica música. Tal vez lo único rescatable sea que en medio de estos grupos se encuentre, por lo menos uno que se salva, pues sabe un poco de música o interpreta un instrumento musical con la solvencia necesaria, pero que por estar en el grupo, se pierde, desaparece. Es que los cantantes, los leaders del grupo han empezado a asumirse estrellas internacionales, sin ver que por esa cuestión del negocio, han descuidado hasta su figura, una figura que ya quiere simular o emular a la Venus de Willendorf. Otros, en la cima de la ridiculez, quieren ser John Lennon y llevan una cabellera larga. Otros se han vuelto rubios por unas monedas en algún salón de belleza juliaqueño. Otros que, con gafas oscuras y cabellos rizados y largos, pretenden emular a un extinto Michael Jackson, tal vez no sepan que de este modo siguen perdiéndose en la bruma del burdo remedo.
A modo de conclusión diremos que, frente a las mutaciones morfológicas del arte postmoderno, es necesario insinuar que las nociones de lo atroz y lo caótico fluyen entre una masificación pasiva, consumidora, y una subversión a la norma del orden estético, psicológico, moral, social, etc. Se sabe que lo caótico infunde peligro y miedo al establecimiento. Se planea su desaparición o al menos su marginalidad para que no contamine ni toque con su horror las jerarquías estéticas. Lo monstruoso, como construcción del abismo en medio de la petición de una sana razón, representa lo diferente, lo abyecto, lo marginado, lo «otro» reprimido, lo diferente, negativo, el deseo no satisfecho, lo «impuro», la incompatibilidad, la amenaza. Se fulminan, con las categorías musicales que sí calaron, el régimen de lo laborioso, la armonía, la mimesis de lo exacto, la belleza, y se entroniza el régimen oscuro, lo subjetivo traumático, lo anormal, el caos, la improvisación. Porque al fin y al cabo, de ese modo se asume el arte en estos días: improvisación sobre improvisación. Inclusive esta idea atraviesa otras esferas como la política, donde, como se sabe y como dicen por ahí, se reúnen en una cantina unos compadres y planifican una agrupación política, la inscriben y ya; luego están listos para gobernar un pueblo entre el compadrazgo y el amiguismo y el caciquismo. Casi como jugarse en una tarde de domingo una pichanga en la loza del barrio o como agarrar un micrófono y hablar cosillas y sandeces en un estudio radial o televisivo y decir: soy periodista, tengo mi programa...
Estos aspectos se masifican cotidianamente gracias a la inestabilidad de muchos factores, entre ellos el escepticismo del ciudadano ante los fracasos de la racionalidad posmoderna. La quiebra de los proyectos modernos, junto a sus catastróficas consecuencias, ha elevado en los últimos años el nivel de incredubilidad y consecuentemente el desasosiego está permitiendo esta vacuidad del arte y otros aspectos periféricos que requieren de profesionalismo. La fragilidad y la crisis social nos impulsan a venerar monstruos producidos por el imaginario de una cultura llena de terror, violencia y, en la mayoría de casos, carente de conocimientos. El abismo se abre a puertas de la culminación de la primera década del siglo XXI; el desencanto, la pérdida de sentido, el vacío y lo informe nos esperan. Todo lo real no es racional ni todo lo racional es, mucho menos, en Puno, real. Estando perdidos cultural, artísticamente y socialmente, es de suponer que la estructura de lo laberíntico se eleve a categoría estética; y cuando, a finales de esta década, caminamos por un sendero olvidadizo de su pasado, falto de futuro, es de esperar que lo no previsible adquiera un puesto en los juicios estéticos y en las valoraciones del gusto por una buena música. No podemos definir cuál es nuestro presente, de allí que la indecibilidad esté a la orden del día. Algo similar pasa con la inestabilidad colectiva e individual. De las épocas en que la música gozaba de estilo, cadencia, representatividad, arte, etc., hoy sólo están quedando fragmentos no identificables, simulaciones de una permanencia efímera.
El escritor Aldous Huxley mencionaba que «después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable, es la música.» Nuestros cantantes de hoy no conocen de música, viven la superficialidad de lo posmoderno. Es la superficialidad lo que les impide a estos artistas asumir sus roles de seres humanos concretos. La truculencia, el coqueteo con lo cursilería tiñen a esta avalancha de música sin sentido u orientación de arte, obras de una descarada ironía, que habla de esa neutralidad nula, señalada anteriormente. En los últimos años, en Puno, del deleite musical de otrora, se ha pasado a ensayar un gustito especial por la cultura massmediática y a mimetizarse en temas deleznables, carentes de soporte artístico, estético. Así, pues, no se interpreta un huayno como tal, sino que se ensaya un huayno achichado, se oye una chicha acumbiada. Pronto aparecerá una salsa ahuaynada, un rock con sabor a morenada, etc. No se produce un tema folklórico puro o auténtico sino una fusión bárbara, muchas veces descabellada. ¿Significa esto que se acabó la música verdadera? No, en el fondo lo que se puede avizorar es la ruptura con el elitismo moderno. Creo que la posmodernidad no es una crítica a la modernidad, sino el resultado de los excesos de esta última. El mercado se impuso con toda su avasallante presencia. Ya no se trata de llegar a las esencias. Esto no quiere decir que por hacer un video clip con un fondo turístico puneño ya estés logrando algo bueno. Eso no implica que estés logrando un esfuerzo identitario, no. El hecho de ponerse un traje con poncho, con chullo, con ojotas, con pollera, con chaquetas bordadas, tampoco implica que seas autóctono o que representes al folklore puneño; de ser así, los gringos que nos visitan para hacer turismo serían más autóctonos y andinos que los cantantes. Obviedad.
A estas alturas del partido, creo que la idea de hacer música, en Puno, nunca entrará a un camino contrario a lo efímero o a la concreción de lo estético. Creo que se deben asumir de manera más inteligente la interpretación de estos goces artísticos. Creo que se debe hacer revisiones, propuestas que en verdad valgan la pena. Nuestros cantantes no se han dado cuenta que no sólo se trata de hacer buena música, es que aquí hay una esencia final: el público. Es el público el que también importa, por cuanto su existencia es un vastísimo mercado que no merece desabrimientos musicales. El lugar final de la música, de las canciones, es el público. No se trata de contrabandear la mala música en un ropaje aparentemente estético, andino, exótico: se trata de lograr una obra de arte. Y aquí hay que señalar también que una parte considerable del público que está en contacto con el arte posmoderno, sigue siendo un tanto elitesco. En él también existe una mala conciencia. Este es un público que una vez se inclinó por la llamada cultura popular y hoy voltea los oídos a una especie de alienación. A lo ajeno. Hoy sus gustos han cambiado, porque su vida ha cambiado. Entonces, estamos asistiendo a una gran paradoja: una parte del arte posmoderno es elitesco, aunque tematiza al hombre popular, pero, reitero, lo hace sin arte. En virtud de su canto a la superficialidad, su culto a lo perecedero, la posmodernidad desecha el pasado como raíz genésica del hombre. Y eso tiene que ver con la muerte del sujeto y su relevo por la objetividad. La realidad existe, se muestra; a veces importa muy poco el ente mediador que la concreta. La música puneña de hoy es arte de la parodia; arte posmoderno si se quiere, arte del pastiche. Arte de la parodia, la ironía está sobrecargada de intencionalidad puramente comercial. Esta ruta de arte efímero nos conduce al pastiche, a una parodia vacía: al concierto de la nada. Las voces musicales de hoy no pasan del kistch, no pasan de una mirada ridiculizarte de lo popular. Al final, y después de todo, creo que lo efímero es el mayor reconocimiento (como corresponde) que el tiempo le otorga a toda pretensión artística inconclusa. Que los decibeles no dañen nuestros oídos y que por mil años más pervivan los clásicos, la buena música. Y quién mejor que Stravinski para terminar estas líneas reiterando su célebre frase: «No hago ruido o música moderna, sólo hago buena música.»
BIBLIOGRAFÍA:
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BENJAMIN, Walter, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. México, Ítaca, 2003.
ZAGA, Percy, Literatura puneña, Puno, René impresores, 2007.
La música en particular y el arte en general son expresiones que en sí mismas carecen de la suficiente fortaleza para construir una verdad absoluta en un mundo, y en esto Puno no está al margen, tan fluctuante y movedizo. Habría que estudiar el mercadeo y su influencia en Más » el arte.A Adorno y Benjamin hay muchas cosas para refutar. Va por buen camino ,Ud. Le sugiero siga investigando.
Oye compadre:Hablas cada tetudez, mira hijito estas con tratamiento siquiatrico si quieres te puedo ayudar mandandote el exedente de mi medicacion mi diagnostico es el siguiente:bipolar,esquizofrenia,maniacodepresiva,atracadora de hombres locos si me necesitas el minuto por telefono cuesta 0.50 centavos el pago es al contado nada de tarjeta de credito,el celular Más » solo para contratos.Importante mandar foto.
Es el primer caso en que el escritor no tiene conectada la mano con el cerebro
tanto bla.bla para poca cosa
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Y los frentes y movimientos regionales del Perú profundo, están ...
¿Está Usted de acuerdo con la inscripción del Movadef como partido político en el Perú?