Juan José Tamayo: Machu Picchu y el Cerro San Cristóbal


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Escribe: Edgardo Rodríguez Gómez * | Política - 18 oct 2009

Mi apreciado profesor y amigo Juan José Tamayo acaba de publicar en la Colección Diáspora de la Editorial valenciana Tirant Lo Blanch el libro Teología de la Liberación: En el nuevo escenario político y religioso. La obra cuenta con un prefacio de Leonardo Boff y un A modo de Prólogo escrito por el propio Tamayo titulado: “De Machu Picchu al Cerro de San Cristóbal.”

Como investigador colaborador en la Cátedra Ignacio Ellacuría de la Universidad Carlos III de Madrid, que dirige el autor del libro, he seguido buena parte del proceso de escritura y edición final de este trabajo que concluyó en su viaje a Perú, hace poco más de un año, en el que coincidimos tanto en su estadía en Cusco y Lima.

Juan José Tamayo es uno de los teólogos laicos españoles más renombrados en su país y fuera de él. Columnista del diario El País y de El Periódico de Cataluña, tiene en su haber como autor y director más de medio centenar de publicaciones. Su heterodoxia cristiana le ha significado presiones y sanciones de la jerarquía eclesial reaccionaria española, al tiempo que su discurso abierto al diálogo interreligioso y a una concepción liberadora de la fe le ha dado enormes satisfacciones. Hace apenas un mes recibió el Premio mundial del Presidente de Túnez para estudios islámicos por su penúltimo libro: Islam. Cultura, religión y política.

Acerca de su libro más reciente, materia de este escrito, Leonardo Boff en el prefacio nos dice: “El libro de Juan José Tamayo […] tiene algo de monumental. Tal vez nunca se ha hecho una investigación tan amplia, abarcando todo el espectro de la teología de la liberación como nuevo paradigma, contenidos y exposición de las aportaciones de algunos de sus principales representantes, teólogos y teólogas”.
En efecto, Juanjo Tamayo ha hecho un detenido estudio de las obras y propuestas de veinticinco teólogas y teólogos latinoamericanos de la liberación entre quienes no podían faltar Gustavo Gutiérrez, los hermanos Boff, Jon Sobrino y Elsa Tamez. En lo personal, me ha dado una enorme satisfacción encontrar el estudio de los trabajos de un exponente claro de la teología del surandino peruano, Diego Irarrázaval.

Diego Irarrázaval pasó más de veinte años en Puno dirigiendo el Instituto de Estudios Aymaras (IDEA) y enseñando en el Seminario Nuestra Señora de Guadalupe; asesorando al Instituto de Pastoral Andina y publicando el Boletín del IDEA u obras como su conocida La fiesta, símbolo de libertad. El cambio de condiciones eclesiales en la Prelatura de Juli con un nuevo obispo vinculado teológicamente a los jerarcas del Opus Dei españoles determinó su partida y alejamiento de Chucuito, donde le hubiese gustado permanecer.

Sin embargo, faltó tratar el gran aporte de otro teólogo surandino a quien Tamayo conoció personalmente y es citado en varias partes del libro: Domingo Llanque. A pesar de que el autor tenía la intención de abordar la figura y obra de este gran aymara, no pudo acceder a material fundamental que debía servir a dicho estudio, todo a raíz de una pésima costumbre local de encerrar la producción intelectual y los temas que son un aporte cultural sin fronteras al reducido ámbito de lo altiplánico; queda así pendiente el esfuerzo para una próxima publicación en la que desde la Cátedra Ignacio Ellacuría tal vez sea posible recoger textos de teólogos y teólogas del sur andino como Luis Zambrano, María José Caram, Simón Pedro Arnold o Narciso Valencia.

Para Tamayo, Machu Picchu y el Cerro San Cristóbal constituyen dos lugares emblemáticos, símbolos del surgimiento “con varios siglos de distancia, pero en continuidad ideológica y cultural, de dos teologías contrahegemónicas en lucha contra el Imperio, o mejor dicho, contra los imperios: la teología indígena y la teología de la liberación”.

La teología indígena nos dice Tamayo: “opera como teología de la resistencia frente a la globalización neoliberal, que: a) pretende apropiarse de sus tierras con el objetivo confesado de modernizarlas y sacarles más provecho, pero con la intención no confesada de destruir el tejido de la vida, de toda vida, la humana y la de la naturaleza, como sacrificio al Dios-Mercado; b) busca eliminar la diversidad cultural, el pluriverso religioso y la riqueza multiétnica; c) y se empeña en imponer el pensamiento único, el occidental, como si fuera universal.”

Por ello: “La teología indígena renace hoy como narración mítico-simbólica, como teología letrada, como relato discursivo en el horizonte de la liberación y de los movimientos alterglobalizadores. Pero no como un remedo de las teologías cristianas de la liberación, también colonizadoras a su manera, sino con identidad propia, si bien en diálogo inter-identitario con otras tradiciones culturales, con su propia metodología, sin dejarse someter a la metodología dominante, aunque siempre abierta a la comunicación con la metodología de otras teologías liberadoras, con contenidos propios conforme a sus mejores tradiciones, en diálogo con los nuevos climas culturales, pero sin sucumbir miméticamente o asimilarse acríticamente a ellos.”

Asimismo, la Teología de la liberación después de cuarenta años “ha logrado bajar del Cerro San Cristóbal y ubicarse en el mundo de la marginación cultural y de la exclusión social de toda América Latina y el Caribe. Se ha puesto del lado de las víctimas de las sucesivas colonizaciones y ha recuperado el carácter originariamente subversivo del cristianismo. Ha dejado oír de nuevo la proclama de Jesús de Nazareth contra los poderes políticos, económicos y religiosos de su tiempo y la denuncia profética de Bartolomé de las Casas ante el Imperio hispánico. Ha hecho suya la causa de los libertadores de principios del siglo XIX por la independencia de los pueblos latinoamericanos. Hoy se ha convertido en un movimiento universal que está presente en el Foro Social Mundial y el Foro de las Alternativas bajo el signo “Otro Mundo es Posible”, y que ha creado su propio espacio alter-globalizador, el Foro Mundial de Teología y Liberación, que cuestiona las creencias crédulas, revoluciona las conciencias de los creyentes y no creyentes y pretende transformar sus prácticas desde la convicción de que “Otra teología es posible” ¡y necesaria!”.

Cuando a la vuelta del viaje me dio a leer este texto por primera vez, no pude evitar sonreír y hacerle un comentario sobre el estilo de arenga que había utilizado, nada frecuente en su práctica académica cotidiana. En todo caso, en lugar de una crítica, intentaba comprender los sentimientos encontrados que albergaría tras su visita a un país como Perú en el que llegó a dar una conferencia por todo lo alto en el Salón Raúl Porras Barnechea del Congreso de la República y, al mismo tiempo, sufrir las consecuencias de la deficitaria atención a la salud de la que, solidario con todo lo peruano, también sería víctima. En suma, toda una mala experiencia con un servicio público que también concita la exigencia a viva voz de un cambio.

(*) Instituto Sur Andino de Derechos Humanos




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