A quemarropa: Crónica del 29 de mayo de 2003



Escribe: Paul Lazo Gamero | Regional - 29 may 2018


“Al ruido de la calle hay que escucharlo y atenderlo” había dicho Alejandro Toledo ante mandatarios de América Latina en la Cumbre cusqueña. Aquel ruido, sin embargo, se tornó ensordecedor e incontenible. A los maestros del SUTEP se unieron los agricultores, trabajadores de EsSalud y del Poder Judicial. El plantón policial acaso anunciaba lo que llegaba. Tras una reunión de urgencia, el Presidente en Cadena Nacional decretaba el Estado de Emergencia en 12 departamentos, otorgando el control y el orden interno a las Fuerzas Armadas. A la luz de los hechos, este régimen de excepción no ha sido la solución. Más bien trajo consigo dolor y muerte.

Habían transcurrido sólo unas horas del mensaje presidencial cuando esta apresurada y absurda medida, lejos de restablecer el orden, cobraba su primera víctima.

Eran las primeras horas del 29 de Mayo, los estudiantes de la UNA llegaban al recinto universitario como cada día, apostados en gran número en la puerta de ingreso que permanecía cerrada. Al frente, a unos 100 metros, un contingente de aproximadamente 20 efectivos de fuerzas combinadas de la Policía Nacional, El Ejército y la Marina los estaba aguardando.

Cuando inesperadamente las bombas lacrimógenas surcaban los aires obligando a los alumnos a dispersarse. Unos corrían despavoridos hacia Huaje, otros enrumbaron por el Camal ganando los cerros. Los vecinos de la zona los auxiliaban proporcionándoles agua y refugio.

Según versiones de los jóvenes universitarios, un primer grupo de policías lanzaba bombas desde la avenida Costanera, cuando hizo su aparición un camión portatropas que fue obligado a retroceder por los alumnos que reaccionaron ante el ataque inicial lanzando piedras.

Mientras se producían persecuciones y balaceras por las calles aledañas, un grupo de al menos 15 efectivos del Ejército se había ubicado en la intersección de la avenida Floral y la calle Progreso con fusiles FAL en mano y con la determinación de hacer fuego.

Sin advertencia previa ni aviso alguno, los militares dispararon a discreción. Una de las primeras víctimas yacía en el suelo, fue socorrida por sus compañeros, emanaba mucha sangre y se le llevó a la Posta Médica de Vallecito. Cuando se le trasladaba al hospital Manuel Núñez Butrón, el joven Eddy Johnny Quilca Cruz dejaba de existir. No pudo soportar la hemorragia interna que le había provocado una maldita bala que recibió por la espalda, provocando su posterior evisceración.

La avenida Progreso era el escenario sangriento de una lucha desigual. Los universitarios respondían con solamente piedras al despiadado pelotón militar que a mansalva les disparaba directamente al cuerpo. Uno a uno los estudiantes iban cayendo, las balas se alojaban en sus piernas, brazos, espalda, o a la altura del abdomen. La gran masa universitaria se cubría “cuerpo a tierra” mientras zumbaban sobre sus cabezas los proyectiles; también nosotros sufrimos las consecuencias, total “gajes del oficio”.

Habría transcurrido cerca de una hora y media desde el inicio de la refriega cuando el representante de la Defensoría del Pueblo, secundado por un par de miembros de su institución, ante la ausencia de respuesta efectiva del General Carlos de la Melena, a quien había llamado vía teléfono móvil, se dirigió hacia el oficial que comandaba el grupo de soldados en busca de lograr un alto al fuego y su posterior retirada.

Fue en ese instante que decidimos registrar de cerca aquel hecho. Provistos de una cámara fotográfica y una grabadora de audio nos aproximamos al punto crítico donde se produjo un serio altercado con el oficial al mando. Fuimos conminados y obligados a retirarnos a un costado de la avenida. El fragor del momento y nuestra decisión de obtener la información real ahí mismo, no nos hizo medir la situación que atravesamos, pues apenas unos minutos después se reanudó el tiroteo.

Decidimos entonces bordear el lugar y ubicarnos a espaldas del pelotón del ejército, fue por allí que emprendieron precipitadamente la retirada tomando la calle Lampa y disparando indiscriminadamente.

10:40 de la mañana y otro herido caía a nuestro lado, la bala se le había alojado a la altura del abdomen, era un humilde comerciante. Inmediatamente tres ejemplares y solidarios ciudadanos cargaron a Feliciano Núñez Tito colocándolo en un triciclo primero e introduciéndolo en un taxi que conseguimos después a la altura del estadio Enrique Torres Belón para llevarlo al hospital Manuel Núñez Butrón. Ingresamos por emergencia al hospital regional que lucía congestionado. Ambulancias que entraban y salían, y un gran cordón humano de médicos, enfermeras y voluntarios que recibían a quienes requerían alguna atención de urgencia.

Los heridos se contaban por decenas, la mayoría, víctimas de las balas disparadas por aquellos irresponsables e inconscientes. El cuerpo inerte de Eddy Johnny Quilca Cruz yacía en la morgue; el médico legista y el fiscal de turno confirmaban su deceso causado por una bala asesina que le perforó los intestinos, ingresando por su espalda y provocando que muera eviscerado.

A esa altura de la mañana y, conociendo los trágicos hechos, una multitud indignada y dolida se adueñaba de la Plaza de Armas e increpaba a la Policía apostada delante del edificio de la Prefectura. Madres sollozaban alzando los brazos e implorando al vacío cielo, clamando justicia y profiriendo maldiciones contra los soldados y policías, sus labios resecos no cesaban de reclamar desconsoladas: “asesinos… la sangre derramada jamás será olvidada, detenidos libertad…”.

Una comisión ingresó a la Prefectura indagando sobre la situación de los detenidos, exigiendo su liberación. El ambiente era tenso, la multitud era mayor, como mayor el tono de las arengas y frases llenas de rabia y dolor. Pasado el mediodía la tensión dio paso a la represión.

La gente huía sollozando entre gases y lágrimas buscando refugio y encontrando a su paso los mismos signos de desolación por todos lados. Nunca antes nuestra ciudad había sido sumida en el dolor como ese día.

Los cacerolazos se hicieron sentir desde las 6 de la tarde, era una muestra de la indignación de un pueblo. En la noche, una concurrida vigilia acompañó el féretro de Eddy Quilca, su velatorio cerró esta triste jornada.

Probablemente nunca olvidemos este día, lo que hemos vivido resulta imposible olvidar. Los estudiantes de la UNA presos de cólera y tristeza no podrán borrarlo de su mente. Aquel pelotón asesino y despiadado repetirá que “los cercaron”, que fue “en defensa propia”, que “cumplieron órdenes”. Quizás ese olor a gas, pólvora y muerte nos persiga toda la vida. Pero debemos sobreponernos y alzarnos sobre nuestro dolor, aunque la conciencia clame venganza (que nunca es buena) y aunque el daño no se repare, sé muy bien que llegará el día en que se haga justicia.


ESPACIO PUBLICITARIOS

Video



Encuesta

¿Está usted de acuerdo con el proyecto de remodelación de la Plaza de Armas de Puno?



Archivo
Telf.: +51-51-350775, +51-51-327436 | Dir.: Jr. Cajamarca Nro. 274 - Puno, Jr. Salaverry 411 Of. 307 Plaza de Armas - Juliaca.
CORPORACION DECANO ALTIPLANICO S.A.C. Diario Los Andes
Diseño y Desarrollo Web: G!