Crónica de los olvidados


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Escribe: Albert González Farran* | Sociedad - 11 oct 2009

El director de cine español Luís Buñuel filmó en México la película Los Olvidados (1950) donde, además de servirse como pretexto para expresar su concepto sobre el cine y su idea de la vida, trata sobre la marginación y la pobreza. Buñuel dijo que una película siempre debe defender y comunicar la idea de que vivimos en un mundo brutal, hipócrita e injusto... Lo mismo se debe aplicar en otros campos como el periodismo. Pues, ¿qué otro recurso tienen los olvidados para hacerse visibles?


Nazaria Chayña tiene 45 años, sufre una severa artritits en sus manos y se dedica a la venta ambulante durante todo el día en una de las calles céntricas de Puno. Tiene cinco hijos y su marido la abandonó ahora hace seis años. Una de sus hijas, Maribel, tiene 11 años y a menudo la acompaña en sus tareas diarias. Su hijo mayor, de 25 años y que a veces trabaja de cobrador en los carros, se ha vuelto alcóholico según su madre. En cualquier caso, Nazaria sólo come una vez al día por falta de recursos económicos y envía a sus hijos más pequeños a un comedor popular para que se alimenten mejor. Ella es de Moho, donde tiene su familia, pero no puede volver allí porque prefiere que los hijos aspiren a mejores oportunidades en la ciudad.

Nazaria Chañia llora mientras explica su triste vida. Está desconsolada y no encuentra ningún hombro donde apoyar su desesperanza. A pesar de que su historia pueda publicarse en un medio de comunicación, ella, como otros muchos de su condición, no encuentran en la administración peruana los recursos necesarios para salir del pozo.

Como Nazaria Chayña, hay miles de familias, sobre todo de los sectores rurales, que sufren las mismas o peores situaciones. Esta falta de programas de ayuda social por parte de las instituciones públicas (tanto locales como nacionales) debe paliarse mediante recursos privados procedentes mayoriatariamente de organizaciones humanitarias no gubernamentales.

Según datos del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado, el departamento de Puno es el cuarto más pobre de todo el Perú (información publicada en el 2001). El 78% de la población, según los mismos estudios, vive en situación de pobreza (que no tiene los ingresos necesarios para satisfacer todas las necesidades básicas), y casi la mitad sufre una pobreza extrema (no tiene garantizados algunos de los derechos vitales como la alimentación, la salud o la vivienda).

Con esta situación, se reconoce que el trabajo que se viene encima es inabarcable. En los entornos rurales, precisamente, es donde se concentran los principales problemas. En las provincias de Chucuito o Capachica, por ejemplo, aunque la actividad contrabandística palía buena parte de las necesidades de la población, existen grandes miserias en pequeños escondites. Uno de estos es el centro poblado de Sucasco (Coata). Allí, la mayor parte de las familias estan en una alarmante situación.

Este es el caso del matrimonio de Pedro Capuila Apaza y Sebastiana Calle. Han llegado a tener 12 hijos (uno de los cuales murió pocos meses después de haber nacido). Ahora, nueve viven con ellos en el centro poblado. Otros tres, los mayores, se fueron a Lima a trabajar en el sector textil (una alternativa muy preferida entre las generaciones jóvenes del campo). La familia se ve aumentada con las dos abuelas paternas, Mercedes Apaza (de 90 años) y Eulalia Cuila (de 85). Ambas, prácticamente inválidas. En esta situación, sólo faltaba que Pedro Capuila, a causa de una afección coronaria, no pueda trabajar la chacra (cultivan papas y cebada). La familia debe confiar en los únicos esfuerzos de la madre de familia.

En Sucasco, como en muchas otras comunidades del entorno rural, sólo se come dos veces al día (desayuno y cena) y, muy esporádicamente, hay un pedazo de carne en sus platos. Dolores Pacumbia de Quispe (vecina de los Capuila) debe hacer malabarismos para alimentar a su hija, su yerno y sus cuatro nietos (que duermen con ella en la cocina). La mujer, a sus 68 años, intenta llenar todas estas bocas con muy pocos recursos.

EL ÉXODO

Como bien ha quedado apuntado, huir hacia Arequipa, Tacna o incluso Lima es una de las opciones más deseadas de los hijos de campesinos y granjeros. La vida en el campo es demasiado dura y con beneficios tan miserables que piensan encontrar mayores oportunidades en la ciudad, pese a la amenaza de convertirse no sólo en olvidados del sector rural, sino también del urbano.

Miguel Velázquez, padre de seis hijos, asume esta realidad con estoicismo. Vive con su mujer Josefina Condori en Chatuma (Pomata) y cuatro de sus hijos menores. Los dos mayores, hace tiempo que ya se fueron a Lima a laborar en los sectores textil y de la restauración. "¿Qué puedo hacer?", se pregunta el señor Condori, "no los puedo obligar a quedarse aquí".

Viven de una chacra diminuta y de varias piezas de ganado. Una de sus hijas, Beatriz, tiene dos hijos y confía en trasladarlos pronto a Juli, para que puedan recibir una mejor educación. Pero mas convencida está su hermana menor Emiliana (de 12 años), que espera hacerse mayor para reunirse con sus hermanos en la gran capital. Y razones no le faltan, pues además de ir cada día a la escuela, debe asumir el duro trabajo de llevar el rebaño a los pastos.

Emiliana fue hace año víctima de la violencia de los profesores rurales. Una de sus maestras se ensañó con ella con una cuerda y le lesionó el brazo (estuvo varios días sin poder ir a las aulas). Su caso está abierto por la vía judicial. Su abogada, Elby Marlene Castillo, denuncia que "una buena parte de docentes de las escuelas rurales de Puno son muy agresivos con los alumnos, debido a su condición humilde y con pocos recursos".

DEFENSA DEL MENOR

Los olvidados son una clase social (si así se puede definir) que desaparecen de las vistas de muchos, como si de seres invisibles se tratara. Pero entre ellos, los niños son a los que les ha tocado jugar el peor papel.

Existe en Puno uno de los pocos mecanismos que la administración dispone para paliar las injusticias contra este colectivo. Se trata de la Defensoría Educativa del Niño y el Adolescente, entidad dependiente del Ministerio de Educación. Con un presupuesto casi nulo, la actividad de diversos abogados de oficio que ocupan estas plazas públicas permite que algunos de los derechos de estos "pequeños olvidados" sean auspiciados con la mejor atención posible. Situaciones de violencia doméstica, problemas de filiación (muchos padres sin recursos no reconocen a sus hijos), una precaria alimentación, falta de ropa de abrigo, alcoholismo precoz... Las necesidades de este colectivo son numerosas.

De entre los 500 casos que la Defena tiene acumulados en Puno ciudad, hay el de Ilaria Pacco y de su marido Isaías Tantauaua. Mientras él se dedica a limpiar zapatos en el centro de la ciudad (logra un promedio de entre 10 y 20 soles diarios), ella se encarga de los trabajos en una casa que no es la suya. Un centro de discapacitados que hay en el barrio donde viven les ha faciliado un techo donde cobijarse a cambio de que se encarguen de la vigilancia de sus instalaciones.

El matrimonio tiene cuatro hijos y se hace difícil manenerlos en condiciones. Por eso, la Defena fiscaliza siempre sus necesidades para garantizar la cobertura de las más básicas. Alberto Choque, el director de la Defena en Puno, asume que su tarea es más bien faraónica. "No alcanzamos mucho", asume.

Quizás este tipo de organizaciones no logre hacer que todos los olvidados sean recordados. Probablemente, nunca. Pero es más bien elogioso que alguien se preocupe de ellos, ya que la administración hace tan poco al respecto.

*Albert González Farran es fotoperiodista de Barcelona (Catalunya, España) que colabora actualmente para el diario Los Andes.



2 comentarios

  • Dionisio domingo 11 de octubre del 2009 a las 15:30

    lamentablemente la sociedad es muy egoista y la mayoria creemos que estamos ajenos a ser una cifra mas de las estadisticas de los limitados fisicos en el Peru cuando nadie puede garantizarnos que podamos tener una artritis,reuma o un derrame cerebral que nos deje discapacitados o limitados

  • Liubomir Fernandez domingo 11 de octubre del 2009 a las 11:37

    Felicianciones Albert. Siempre te lo he dicho eres bueno. En todo. Buen amigo. Buen fotógrafo. Buen, periodísta. Y seguramente buen padre en unos años. Sigue adelante amigo. Bien también por por Los Andes, por darte la oportunidad.


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