El sacrificio de Arica: Del honor y la vergüenza


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Escribe: Pablo Najarro Carnero | Sociedad - 02 jun 2013


Mucho se ha escrito y celebrado recordando la gesta de Arica. La gloria visible se la lleva el ejército peruano, pero no se dice desde el mismo ejército, la vergüenza que la mancha. Unida esta historia también a los avatares de la política y los políticos, que como siempre poco y “mucho” saben de guerra. Debo escribir y transcribir algunas líneas como maestro, pues la historia de esta fecha esta manchada por el deshonor.

Nombrado Bolognesi jefe de la plaza de Arica, queda éste con un reducido número de hombres para su defensa. La superioridad numérica del ejército invasor triplica a la de los defensores. La esperanza es que un grueso del ejército peruano acantonado en Arequipa los refuerce. No supieron que parte del ejército peruano se había desbandado. No supieron de la deserción del ejército boliviano. Abandonados a su suerte, abandonados a la gloria que los esperaba. Sólo entendieron que debían sostener esa posición estratégica. En esa esperanza, tomando el morro como baluarte, se esperanza el coronel Bolognesi desde el 26 de mayo en el general Montero: “Arica, 26 de mayo. Señor general Montero, Pachía.- Dice el coronel Bolognesi que aquí sucumbiremos todos antes de entregar Arica. Háganos propios. Comuníquenos órdenes y noticias del ejército y de los auxilios de Moquegua”.

En la mañana del 27 de mayo, Bolognesi envió al coronel Segundo Leiva, jefe del II Ejército del Sur, por intermedio del prefecto Orbegoso de Arequipa, el primer mensaje de una serie que no tendrían respuesta. “Esfuerzo Inútil, Tacna ocupada por el enemigo. Nada oficial recibido. Arica se sostendrá muchos días y se salvará perdiendo enemigo si Leiva jaquea, aproximándose a Sama y se une con nosotros”. Si Leiva jaquea, al menos si jaquea. En términos ajedrecísticos, hostigar, asustar al menos por el momento.

Desde Tarata el prefecto de Tacna, Pedro A. del Solar se dirige al Director Supremo Nicolás de Piérola, con fecha 31 de mayo, es decir siete días antes de la batalla, donde escribió: “Nada sabemos hasta ahora de Arica, pero su pérdida es inevitable”.

02 de junio. No sabiendo nada de la suerte echada, Bolognesi dirigió a Montero un telegrama que no hacía sino reflejar la total incomunicación de la guarnición: “He hecho a US, cuatro propios, sin que ninguno haya regresado con su contestación. No he recibido dato ni orden oficial de usted, de manera que me encuentro a oscuras. Necesito usted me comunique el estado de su ejército, su posición, sus determinaciones y planes, y sobre todo, sus órdenes. Arica resistirá hasta el último y creo seguirá su salvación si usted, con el resto del ejército o unido a las fuerzas de Leiva, jaquea en Tacna o en Sama o Pachía o hace esfuerzo para unirse con nosotros. Tenemos víveres. Necesito urgentemente clave telegráfica. Sólo han llegado cinco dispersos. Camino férreo inutilizado. Todo listo para combatir. Dios guarde a usted”.

“Toda caballería enemiga en Chacalluta. Compone ferrocarril. No posible comunicar Campero. Sitio o ataque resistiremos”.

Un nuevo mensaje fue cursado a Arequipa. “Avanzadas enemigas se retiran. Continúan siete buques. Apure”. No hay respuesta de Leiva.

Mientras esto ocurría, el 3 de junio, desde Tarata y con un ánimo contradictorio al de los jefes de la plaza, el Prefecto de la ocupada Tacna, Pedro Alejandrino del Solar escribió al Director Supremo Piérola: “Hoy he mandado a un jefe intrépido, el coronel Pacheco a Arica, dándole cuenta a Bolognesi de lo que ocurre y dándole mi opinión sobre la situación en que se encuentra. Le digo que destruya los cañones y cuanto elemento bélico hay en Arica y que salve los hombres que allí tiene para pasar ese ejército a Moquegua y unirlo al Coronel Leiva. No sé si lo hará ni si le parecerá a Ud. bien”. Al parecer ese emisario no llegó. Nuevamente Bolognesi envía otro telegrama. “Señor General Montero o Coronel Leiva: “Este es el octavo propio que conduce, tal vez, las últimas palabras de los que sostienen en Arica el honor nacional. No he recibido hasta hoy comunicación alguna que me indique el lugar en que se encuentra, ni la determinación que haya tomado. El objeto de ésta es decir a U.S. que tengo al frente 4,000 enemigos poco más o menos, a los cuales cerraré el paso a costa de la vida de todos los defensores de Arica, aunque el número de los invasores se duplique. Si U.S. con cualquier fuerza ataca o siquiera jaquea la fuerza enemiga, el triunfo es seguro. Grave, tremenda responsabilidad vendrá sobre U.S. si, por desgracia no se aprovecha tan segura, tan propicia oportunidad.

“En síntesis, actividad y pronto ataque o aproximación a Tacna, es lo necesario de U.S. Por la nuestra, cumpliremos nuestro deber hasta el sacrificio. Es probable que la situación dure algunos días más, y aunque hayamos sucumbido, no será sin debilitar al enemigo, hasta el punto en que no podrá resistir el empuje de una fuerza animosa, por pequeño que sea su número.

“El Perú entero nos contempla. Ánimo, actividad, confianza y venceremos sin que quepa duda. Medite usted en la situación del enemigo, cerrado como está el paso a sus naves. Ferrocarril y telégrafos fueron inutilizados, pero hoy ya funcionan los trenes para el enemigo. Todas las medidas de defensa están tomadas. Espero ataque pasado mañana. Resistiré”.

05 de junio. “Apure Leiva. Todavía es posible hacer mayor estrago en el enemigo victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el sacrificio”.

Sabemos de la llegada del emisario chileno De la Cruz Salvo. Intimidante, quizá humana, haciendo notar la superioridad numérica, el inútil esfuerzo de los defensores. En silencio quizá, los defensores de Arica sabían que sus esperanzas fueron vanas, pero también sabían que el honor de la patria estaba en juego. No entendían quizá por qué Leiva no llegó. ¿Decisiones políticas?. ¿Decisiones de guerra?. Los abandonaron a su suerte. La llegada de Leiva hubiera significado un retraso en los planes chilenos. Pero las decisiones de guerra, de la vida del país tienen otros intereses. Un boticario convertido en Presidente decide sobre el país. Triste historia la nuestra. Siempre triste. La respuesta es firme, con la fe de un soldado que cree en su patria. Inmortal. “Puede usted decir a su comandante que Arica no se rinde. Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”. El honor los llevó en alas a la gloria, los llevó al corazón agradecido de cada peruano que supo de su entrega. Creyeron que su sangre podría ser la vida para otros. Creyeron que su sangre alimentaría las raíces de la patria soñada y que éstas darían su fruto más tarde. Vano sueño burlado por el deshonor. Muchos nombres después y militares mancillaron el honor de las armas. Algún otro, provinciano para más señas, Cáceres salvo más tarde el honor, no rindiendo las armas aunque vencido.

CARTA DE FRANCISCO BOLOGNESI A SU ESPOSA. Es poco conocida la siguiente carta que le escribiera el insigne héroe peruano Don Francisco Bolognesi Cervantes a su esposa, poco antes de su inmolación en la batalla de Arica. Arica, 22 de Mayo de 1880 Adorada María Josefa: Esta será seguramente una de las últimas noticias que te lleguen de mí, porque cada día que pasa vemos que se acerca el peligro y que la amenaza de rendición o aniquilamiento por el enemigo superior a las fuerzas peruanas son latentes y determinantes. Los días y las horas pasan y los oímos como golpes de campana trágica que se esparcen sobre este peñasco de la ciudadela militar, engrandecida por un puñado de patriotas que tiene su plazo contado y su decisión de pelear sin desmayos en el combate para no defraudar al Perú. ¿Qué será de ti amada esposa, tú que me acompañaste con amor y santidad? ¿Qué será de nuestra hija, de su marido, que no me podrán ver y sentir en el hogar común? Dios va a decidir este drama en que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad, unos y otros han dictado con su incapaz conducta, la sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada para que no crean que mi deber tuvo precio. Besos para ti y Margarita, abrazos a Melvin. Francisco Bolognesi Cervantes

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