Lo “antisistema” como mito y lo “antisistema” como realidad


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Escribe: Luis F. Vilcatoma Salas | Política - 19 oct 2014


Uno de los calificativos utilizados por la derecha política y económica para desfigurar la real imagen de las posiciones sociales y políticas contestatarias, es el de “antisistemas”. “Antisistemas” por aquí y “antisistemas” por allá, como si se estuviera ante el diablo redivivo y la urgencia de exorcizarlo. Pero ¿qué significa o cual es el sentido de tan singular calificativo?

En un sentido global, de sociedad nacional, país o formación social, el sistema concierne a la totalidad de factores, dimensiones y relaciones entre individuos y grupos humanos (clases sociales, grupos, categorías, etc.) que configuran orgánicamente el conjunto de la sociedad global y que interactúan entre sí de una manera compleja y contradictoria; dentro de los cuales existen determinadas condiciones estructurales económicas y sociales que son el fundamento o la base de todo el sistema (“fenómenos estructurales cuya vigencia es una combinación de factores fuera de control de los agentes sociales”, según Javier Iguíñiz: 2014) sobre el que se levanta la forma como se establecen y viven las clases sociales, la libertad de los individuos, la lógica en que se desenvuelve la economía y la manera como se reproduce la totalidad social. Cambiar el sistema, en este sentido, significaría subvertir esa base económica social sobre la que descansa la totalidad social. Pero ¿ello es posible, en las actuales condiciones históricas en que se desenvuelve el sistema capitalista global?

La forma cómo funcionan las estructuras (“fenómenos estructurales”) del sistema capitalista en su conjunto (llámese desarrollado o colonial dependiente), es que la reproducción de las mismas es la condición de la reproducción de los gobernantes y gobernados, de las clases dominantes y dominadas, de los ricos y de los pobres. Por ello, la inversión de capital privado (factor decisivo en las condiciones estructurales de la sociedad capitalista, y su reproducción) y especialmente del gran capital privado internacional es de interés de tirios y troyanos así como del Estado, porque de esta inversión dependen las ganancias del capital privado, los salarios de los trabajadores, las finanzas del Estado y los beneficios de los productores de servicios. Nada escapa a esta lógica económica particularmente en el sistema mundo globalizado y neoliberal que vive actualmente la humanidad, porque la “jaula de hierro se ha vuelto más dura”. Y, como los agentes sociales (clases dominantes y dominadas, clases populares, grupos sociales, etc.) son agrupamientos permanentemente activos en procura de sus propios intereses y utopías, la relación entre todos estos factores es crucialmente inestable puesto que los agentes del capital tratan siempre de ampliar sus márgenes de beneficio y tasa de ganancia a costa, por lo general, del salario y las condiciones de vida de la clase trabajadora; los trabajadores inciden en mejorar sus condiciones laborales y salariales, y el Estado brega por mayores impuestos y regalías del capital para reproducir y mejorar la disponibilidad de la Caja Fiscal.

En consecuencia dadas estas circunstancias objetivas, las posibilidades de modificar el comportamiento del sistema global a beneficio o mayor beneficio de una de las partes, depende de quien controle el poder central estatal y de los poderes fácticos en los que se apoye. Cuando el control está en manos, como ahora, de la burguesía dominante y sus representantes, con el beneficio de una hegemonía política, social, cultural y ética que les favorece ampliamente, el poder del Estado tiende a moverse indefectiblemente hacia los intereses del capital en detrimento de las clases populares; pero cuando este poder responde, más bien, a los intereses populares, la posibilidad de una redistribución de la riqueza (podría ser a través de las políticas sociales) con más equidad y justicia social tienen muchos visos de realidad como lo que está sucediendo en Bolivia. Empero en cualquiera de las dos posibilidades y especialmente en la segunda (poder estatal central hegemonizado por el campo popular), el sistema capitalista no pierde su naturaleza original. Continúa siendo un sistema capitalista. En ningún momento deja de ser capitalista a pesar de las reformas experimentadas. Estructuralmente hablando, en consecuencia, no es posible ser “antisistema” por lo menos en el actual periodo histórico de la humanidad, y quienes endilgan este calificativo a determinadas posiciones de izquierda o populares revulsivas, como el caso de Walter Aduviri, están equivocados o están mintiendo descaradamente. Lo “antisistema” hasta aquí es, en conclusión, un mito elaborado por la derecha política nacional y sus fámulos ideológicos regionales para descalificar a las posiciones de izquierda y progresistas en el país y en las regiones que lo componen, como en el caso de Puno.

Sin embargo, tras el calificativo de “antisistema” (esto ya es otra cosa) se esconde una maniobra ideológica perversa como la siguiente: la derecha política neoliberal proyecta subliminalmente (subrepticiamente, sin que la población objetivo se dé cuenta) sobre la ciudadanía un entender de lo “antisistema” como un anti modelo neoliberal. La derecha quiere hacernos creer que el sistema se reduce al modelo neoliberal que con tanta religiosidad implanta.

Así, alguien es entendido como un político o un liderazgo “antisistema” cuando está contra el modelo neoliberal que no es igual, por las razones señaladas anteriormente, a estar en contra de las estructuras del sistema global. En tal sentido, la derecha política, por ejemplo del Diario El Comercio o de los inefables Aldos Mariáteguis, tildan de “antisistemas” a los liderazgos de izquierda y progresistas del país haciendo creer que están no sólo contra el modelo neoliberal sino, también, contra las estructuras de la sociedad global capitalistas para, atenidos a esta confusión, infundir pánico en los diferentes agentes sociales del país.

¿Se puede ser anti-modelo neoliberal sin ser anti modelo estructural de la sociedad global? Indudablemente que sí y no porque no se quiera superar las estructuras económicas y sociales de la formación social peruana sino porque en las circunstancias históricas actuales ello no es posible.

El ser anti-modelo neoliberal es, por lo demás, una cuestión de necesidad social, económica, política y ética, y de hecho, demostrado en realidades cercanas a la nuestra como, verbigracia, en la República de Bolivia, el Ecuador o Venezuela, en cada caso con sus propias particularidades donde lo “antisistema” deja de ser un mito para convertirse en una realidad. Ser “antisistema” desde esta perspectiva es luchar contra el modelo neoliberal y las políticas que lo han instalado a lo largo de las últimas décadas en el Perú con todas sus derivaciones en materia de soberanía nacional, desigualdad, inequidad, corrupción, destrucción del medio ambiente pobreza, inseguridad, derechos humanos y sociales y condiciones de vida de la población.

Al introducir, la derecha política, en un solo saco y acto, el saco de lo “antisistema”, lo anti-modelo estructural y lo anti-modelo neoliberal o, lo que es lo mismo, lo que no se puede trastocar radicalmente (anti-capitalismo) y lo que sí se puede modificar radicalmente (anti-neoliberalismo), intenta configurar en la mente desprevenida de muchas personas la idea de que los “antisistemas” como Aduviri, Gregorio Santos o Zenón Cuevas, por sólo citar estos tres casos emblemáticos, son “revolucionarios extremistas” enemigos de la propiedad privada, estatistas confesos, ateos irrecuperables, “terroristas” y enemigos de la economía de mercado y tantas otras estupideces con las que han jugado especialmente en coyunturas electorales como la de ahora.


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