La demolición del Parque Pino: entre la historia de la belleza y la fealdad


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Escribe: Luis H. Urviola Montesinos | Sociedad - 04 ene 2015


En la historia social y urbana de la ciudad de Puno, el Parque Pino es (o ha sido) el espacio público y urbano de apropiación, e intercambio, social de los mejores valores, en primer lugar cívicos, éticos, estéticos, de recreación y culturales que, cual gota de agua, reflejan la espiritualidad puneña y puneñista de toda la región. Por ello, no es casual que dentro del entorno físico de dicho parque se encuentre precisamente el santuario del ícono religioso que trasunta la riqueza espiritual y cultural puneña que últimamente alcanzó el nivel y el reconocimiento por la Unesco como “Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad”.

Fue el Intendente Quimper quien, en el siglo XIX, hizo construir la Plaza de San Juan como complemento de la Iglesia del mismo nombre en cuyo santuario descansa la Virgen de La Candelaria. Posteriormente, en los albores del siglo XX, los ciudadanos de la Ciudad del Lago, principalmente los vecinos y colindantes de la Plaza San Juan, motivados por su espíritu cívico apoyaron pecuniariamente la decisión prefectural de construir el Parque dedicado a Manuel Pino Bedregal y los héroes puneños caídos en la Guerra con Chile.

Desafortunadamente, los ciento tres años de existencia del “lugar más preferido por la sociedad puneña” —al decir de Emilio Romero Padilla en su Monografía del Departamento de Puno— se aniquilaron en cinco meses de una burda remodelación generada, hay que expresarlo claramente, por un burgomaestre ignaró que no por haber nacido en la misma ciudad de Puno (y haber estudiado en el Colegio de San Carlos) demostró ser un citadino a carta cabal. La historia de Puno, si tiene que referirse a este ingrato hecho, lo estigmatizará siempre como a la autoridad que, entre otras imputaciones de orden político y hasta jurídico que se le pueda imputar, destruyó el Parque Pino.

Sí, se destruyó el Parque Pino al haberse quebrado el contenido y la esencia histórica, funcional y estética que le dio origen. Como bien lo ha dicho algún dirigente de la sociedad civil. El parque, mencionado, se ha convertido en una canchita de futbol pueblerino. En el presente, hay plazas y parques de distritos y centros poblados que ofrecen mejor presentación arquitectónica y justificación funcional, y que dignamente se ubican, muy por encima del horrendo resultado de la gestión del alcalde Butrón y los funcionarios que le secundaron.

En cuanto a la pésima reposición del busto del héroe puneño en la Guerra del Pacífico, el Coronel Buenaventura Aguirre, también es culpable el alcalde de marras por no hacerse asesorar por personas conocedoras del arte. El busto repuesto no ofrece el parecido, ni siquiera aproximado, al original arrancado por las turbas de la noche negra del mes de mayo del 2011. Su dimensión, de menor volumen, no armoniza con los otros tres bustos dentro del conjunto monumental y hasta su matiz purpurina desentona con el bronce ya añoso de los bustos y de la estatua ecuestre de Manuel Pino Bedregal. Cualquier artista plástico, principalmente escultor, sabe muy bien que existen recursos para “envejecer” cualquier broncínea obra nueva. Eso no ha sucedido. Es posible que el autor, incluso, sea un artista reconocido, pero al parecer lo trabajó a distancia, como por control remoto, porque seguramente se encuentra lejos de Puno y este trabajo por encargo, generó una ridícula caricatura de mal gusto. Total, a la larga, lo barato siempre cuesta caro.

El problema es que el altísimo costo —no solamente económico sino también moral, de lo que significa la destrucción del mejor parque de Puno, precio que no será pagado por ninguna autoridad ruralizada del departamento y de la ciudad de Puno— tiene que ser cubierto por la ciudadanía de las nuevas generaciones que se verán obligadas a restaurar, del actual maldito presente, al Parque Pino tal y como debiera haber sido siempre.

El propio Colegio Nacional “San Carlos” se ha visto afectado al habérsele erradicado el Busto de su creador: el Libertador Simón Bolívar y la fila de astas para las banderas bolivarianas que se ubicaban ante el frontispicio de la casona carolina; como una muestra clara del cretinismo albergado en la concepción de los remodeladores que han devenido en demoledores. Del mismo modo, se han visto perjudicados los vecinos de las arterias adyacentes al parque, cuyas calles han sido también remodeladas para convertir esta parte del centro de la ciudad en uno de los lugares acaso más antiestéticos de Puno.

Acaso el problema emergió al preferirse una remodelación antes que una refacción. El primer concepto denota transformación —que puede ser amplio, en el sentido de modificar estructuras generales, o solamente algunas partes o componentes—; el segundo alude a cambios que no alteran lo general, como una restauración. Las autoridades locales prefirieron el extremo, pero en su sentido nihilista; es decir, optaron por deshacerse de los componentes esenciales y simbólicos de índole tradicional que no debieron alterarse. Mucho tiene que ver la concepción filosófica y el profesionalismo del arquitecto. El Parque Pino no debía encargarse a un arquitecto que entiende por nuevo la ruptura total con lo viejo, con lo permanente y tradicional. Lo nuevo es mucho mejor cuando contiene en su esencia lo mejor de lo viejo. Y el parque público que menos debió haberse alterado, en su estructura general, y tradicional, era el Parque Pino.

Dentro de las alteraciones más notorias de la “remodelación” referida tenemos la erradicación de la vegetación que existía (cipreses, grass, kantuta, rosas y otras) y cuya función era de protección climática –de las personas y del mismo parque-- contra el asoleamiento y las precipitaciones. El mobiliario urbano que tenía el parque constaba de bancas con respaldares que permitían el acomodamiento de las personas que preferían asolearse de frente o de espaldas. El actual mobiliario no permite esa comodidad. Se ha querido justificar que la desaparición de la plataforma de losas, el cambio de la vegetación por otra de menos volumen, y las demás alteraciones conformantes de la remodelación, ha sido para permitir a propios y extraños una mejor visión del paisaje urbano; pero al costo de sacrificar otras funciones más vitales. En suma, la remodelación ejecutada es una clara muestra de un trabajo realizado por mentalidades no solamente ajenas, sino contrarias, a Puno.

La llamada “remodelación del Parque Pino” no es sino la muestra de la mutilación citadina por parte de gente que no se ha desarrollado en una ciudad y piensa que desarrollo es, principalmente, el lenguaje del cemento y los fierros de construcción; la demolición de lo poco que queda de la arquitectura urbana puneña. Por ese camino de la demolición y la mutilación se puede erigir otra ciudad sobre los escombros de la que la precedió; pero ya no será Puno.

Así mismo, son corresponsables de la destrucción del Parque Pino las autoridades y funcionarios que tiene que ver con los sectores estatales de la cultura; quienes con su aquiescencia permitieron la comisión del atropello a la dignidad e identidad de la sociedad puneña.

Parece que no está lejos el día en que la propia ciudadanía organizada se decida por revertir el resultado de la brutal demolición que generó el llamado proyecto: “Mejoramiento del Servicio de Recreación Pasiva del Parque Manuel Pino de la Ciudad de Puno, Provincia de Puno”: verdadera inscripción lapidaria en la historia de la arquitectura urbana de nuestra ciudad lacustre.


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