Javier Calderón
El 25 de octubre de este año se apagó la luminaria de Ángel Castillo Arce. Músico y compositor huancaneño de vieja data. Fundador del Centro Musical los Chiriwanos de Huancané, paseó su talento por diferentes agrupaciones de la región Puno. Continuo aportante a la música y cultura de estos pueblos enclavados en el Altiplano, nunca se cansó de cantarle a la vida. Setenta años en este espacio terrenal, fueron suficientes para reafirmar la magia de los talentosos, esos personajes cuya cualidad principal es “no morir nunca”. Los testimonios musicales están allí, en los estantes de los que amamos esta manifestación intrínsecamente humana, a manera de discos de larga duración, o discos compactos o casetes: son estos elementos una caja mágica, un cofre en cuyas cintas magnetofónicas o carbón, están impregnadas las voces, el alma y el corazón.
Esa cualidad la tienen los músicos, los que cantan. Son una especie de magos, malabaristas de la imaginación y el sentimiento. Aparecen algunas veces y otras se pierden en el recodo de algún rinconcito; pero nos embelesan, nos cautivan. Acaso no es su voz la que nos atrapa y enciende todas las sensaciones, y hasta discurren en agüita salada y así, sentimos amar con mayor fuerza la tierra, la vida, la mujer. El tiempo de don Ángel estaba señalado y su condición de “mago de la canción” no se pierde, se reafirma la condición de perpetuidad que tienen algunos virtuosos como fue el intérprete de ¡Oh! Mi Huancané.
Más allá de los homenajes póstumos, en la memoria colectiva está las tantas apariciones de don Ángel, en diferentes escenarios de la región Puno y el país. Cuantos recordarán las jaranas en la Tierra Chiriwana, al compás de las guitarras, mandolinas y acordeón. Si, hay un duelo, una pena se ha instalado con la partida de este célebre músico; pero instantáneamente también emergen las ganas de cantar, el recuerdo activa las cuerdas bucales, tal como sucedió en su despedida allá en la ciudad de Arequipa. Sus amigos y familiares lo despidieron con lo que más le gustaba hacer, cantar, tocar y escribir canciones.
ÁNGEL Y YO.
Habían transcurrido cuatro años de la década del ochenta, cuando mi madre me llevó de la mano por diversos parajes altiplánico. El vaivén entre ríos, árboles y cerros, nos permitieron asentar residencia por un corto tiempo en Vilquechico, un bello pueblito enclavado al pie del cerro Chuncara. Parte de mi niñez transcurrió en aquel maravilloso lugar. Recuerdo con claridad las fiestas de San Juan. Al calor de una fogata, los habitantes de la zona jaraneaban con ponche de leche, formas de mitigar el frío. Cuando la luz del nuevo día asomaba en el horizonte, el baile de los corazones jaraneros se proyectaba gigante ante las luces del sol y la música de Los Chiriwanos, era rumor en mis oídos, que captaban el trance de los incansables mayores. Somnoliento salía a ver el espectáculo, mis ojos aletargados lograban distinguir siluetas de hombres y mujeres sumidos, atrapados en esas melodías que salían de esa vieja radio.
De allí en adelante mi vida transitó por los más insospechados lugares. Más, aquella voz que amenizaba sin la más mínima sospecha, cientos de jaranas, era un cascabel en mis oídos. Era adolescente cuando empecé a coleccionar música y no tardé mucho en comprarme un casete de Los Chiriwanos, aquellas canciones siempre han asociado mis recuerdos a aquella noche sanjuanera. Averiguando, pude saber que, uno de los principales soportes de esta agrupación musical era don Ángel.
Hace diez años y lo recuerdo como si fuera ayer, decidí ir en busca de aquel personaje que, sin pensar, formó parte de mi niñez y mi vida. ¿Dónde debía buscarlo? Pues, en Huancané. Era la víspera de la fiesta de las Cruces, cuando llegué a la plaza huancaneña. Tuve fortuna de encontrarme con Pepe Alemán, un reconocido cantor que hoy tampoco está con nosotros, le pregunté por don Ángel: “Allí enfrente, el de camisa”. Me acerqué sin titubear y lo abracé y le conté lo que escribí líneas arriba; después cantamos juntos hasta que la noche dio paso al nuevo día y una nueva historia se escribía en mis más bonitas memorias. Hasta siempre don Ángel Castillo Arce, fue un gusto verlo una sola vez en mi vida, fue suficiente, su canto es magia en mis oídos.
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