Enrique Torres Belón


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Escribe: Omar Aramayo | Sociedad - 31 jul 2016


Caricatural resulta cualquier comparación de los representantes que Puno ha tenido ante el Congreso de la República, en los últimos años, cuando se examina la vida y obra del senador Enrique Torres Belón. Hay algunos que han hecho honor a tan distinguido cargo, basta recordar a Santiago Giraldo, José Antonio Encinas, Ernesto More y unos pocos más. Los demás son hojarasca de un otoño rico en vientos y soledades, nada tienen por exhibir, aparte de alguna anécdota, ninguna rectitud por reclamar, elocuencia o vocabulario por imitar.

Enrique Torres Belón, nacido en Lampa, educado en la Escuela de Ingeniería de Lima, en las primeras décadas del siglo XX, bajo la dirección del ingeniero Wakulsky, fue compañero de estudios y de viaje a Europa, de Manuel Prado Ugarteche, amigo cercano, que más tarde llegaría a la Presidencia de la República. Personaje ejemplar, tanto por su trabajo, de lucha, como por su devoción puneñista y por una actitud de humildad y no de impostura demagógica. Esa actitud lo separó de ser un cacique. Algunos han creído, sin justificación alguna, que el apellido viene de la tradición feudal puneña; no es así, lo que tuvo lo consiguió con el esfuerzo cotidiano. Y por cierto, con serenidad.

Su nombre y su riqueza vienen de haber perforado los suelos y montañas a lo largo y ancho de la patria, en busca del mineral esquivo, que finalmente le dio su esplendor en Huancavelica.

De manera que cuando llega al senado el año de 1955 y posteriormente a la Presidencia de su Cámara en el Congreso de la República, es hombre hecho y derecho, humanista a su manera, con la virtud de la bonhomía, rasgo singular y extraño entre los políticos de nuestro tiempo. Pero también el buen sentido para reconocer y cultivar contactos, en un mundo que se abre a la modernidad y la competitividad. Torres Belón era un soñador que tuvo la suerte de convertir en realidad sus sueños.

Alguna vez llamó por teléfono a Pedro Beltrán, el primer neoliberal que tuvo el Perú, ministro de Economía de entonces, para solicitarle le facilitara ocho mil soles; tenía prisa para solventar los pasajes y la estadía de unos paisanos putineños, venidos de la lejana provincia a realizar los consabidos trámites a los que obliga el centralismo. Beltrán le dijo que no, que no podía darle esa cantidad, a un hombre de su condición, Presidente del Senado, y que solo podría concederle más de doscientos mil soles. Su candidez le costó caro, y tuvo que pagar de su bolsillo.

Esta plataforma le permitió lograr la aprobación de la ley de creación de la Universidad de Puno en 1961, cuando dos proyectos habían naufragado ya en el Poder Legislativo, el primero presentado por el insigne José Antonio Encinas en 1954 y el segundo por el notable Carlos Barreda, en 1955. Aprobación unánime en primera instancia, con características de escarnio para cualquier aspiración provinciana. En aquella época los políticos creían que solo se podía acceder a la universidad en Lima o en las grandes ciudades, Puno estaba muy lejos.

La reapertura de la universidad creada por Castilla en el siglo XIX, una de las primeras en el ámbito nacional, que inaugura un tiempo nuevo en la democratización de la educación, junto a las tradicionales creadas en la colonia, y resulta un sacrilegio para las castas gobernantes, en una provincia tan desposeída como Puno. Así, la Universidad Técnica del Altiplano empieza a funcionar dotada de un patrimonio impresionante, que con los años las diferentes gestiones han perdido, una monstruosidad que debió generar ingente riqueza a los ojos de la historia, y que ha producido poco debido a las pésimas administraciones, con honrosas excepciones. Y con una superpoblación de estudiantes sin horizonte de trabajo.

Pocos rectores comprendieron la filosofía desarrollista de Torres Belón, eximio conservador y mediador político de mediados del siglo XX. Él entendió a la universidad como la maquinaria principal del desarrollo agropecuario del departamento, academia, ciencia y tecnología al servicio de la producción agraria y pecuaria de un departamento pródigo.

La primera promoción de la universidad salió a afrontar la Ley de la Reforma Agraria del General Velasco, que la convierte en cantera donde se forman los gerentes que llevan adelante un proceso devastador para el agro puneño. Agrónomos y veterinarios que carecían de formación ética, antropológica, lingüística, social. La pregunta es: ¿qué hubiese ocurrido si no hubiese existido ese personal para llevar adelante la Reforma Agraria? Sin duda, la catástrofe habría sido mayor.

Torres Belón jamás lo habría imaginado, pero ocurrió de esa manera. Luego el agro se vino abajo durante 30 años, hasta colapsar en la última década del siglo XX, las cooperativas y el territorio comunal parcelado por Alan García y la Izquierda Unida, pero esa ya es otra historia. Lo cierto es que la universidad, en 60 años, en pocas circunstancias ha estado a la altura de las exigencias sociales: fabricar profesionales sin planificación le resta crédito a su cantera académica.

La propuesta de Torres Belón era una universidad para afrontar su época, como si en este momento alguien propusiera en Puno, región sui generis, una universidad para afrontar la coyuntura tecnológica que convulsionará en los próximos 10 años.

La universidad de Puno ha puesto de lado la imagen de Torres Belón, no existe un instituto que investigue su labor de minero, de restaurador, de actor social, de creador político. Tampoco en la facultad de Educación existe un instituto de investigación pedagógica del pensamiento de José Antonio Encinas, ni en San Marcos, de la cual fue uno de sus mejores rectores, ni en la Cantuta, que contribuyó a crear.

La universidad de Puno, en estos 40 años de vida, no ha sabido retener a sus mejores elementos, a sus docentes más calificados, a investigadores de talla internacional, para convertirse en una relación de grupúsculos que deslindan sus propias limitaciones, con afanes de un poder nada constructivo.

No solo la universidad es creación política de Torres Belón, también el Estadio Monumental, construido con piedras de Amantani, traídas hasta la ciudad de Puno en botes de vela; la restauración arquitectónica del templo de Lampa, el primer diseño del malecón de Puno, y otras obras más.

Cuando volteamos la vista a esta media centuria que acaba de ocurrir y al abandono de la ciudad y del departamento de Puno, vemos solo políticos rapaces, de restringida visión y recortada generosidad con la tierra que los viera nacer, muertos en sus afanes crematísticos.


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