Evo manipula derechos humanos para aferrarse a la presidencia



Escribe: JOSÉ MIGUEL VIVANCO / JUAN PAPPIER | Opinión - 12 nov 2017


Casi doce años después de haber asumido el cargo de presidente de Bolivia, Evo Morales parece estar decidido a aferrarse al poder.

En 2016, convocó un referendo para eliminar una incómoda disposición de la Constitución boliviana que autoriza únicamente una reelección presidencial. Ello le habría permitido buscar un cuarto mandato y postularse de forma indefinida. Como sus planes fracasaron cuando la reforma fue rechazada por el 51 por ciento de los ciudadanos, Morales tuvo que idear una nueva fórmula: en septiembre, sus partidarios en la Asamblea Legislativa presentaron una demanda ante el Tribunal Constitucional para pedirle que elimine el molesto límite a la reelección consagrado en la Constitución de Bolivia.

Ya en 2013 Morales había acudido al mismo tribunal para eludir el límite a las reelecciones y buscar un nuevo mandato. En esa ocasión, el tribunal generosamente concluyó que el primer mandato de Morales (2006-2010) no contaba, porque se dio antes de que la Constitución de 2009 entrara en vigor y autorizó la reelección.

En su nueva maniobra, los partidarios de Morales alegan que el límite a la reelección discrimina al actual presidente y viola su derecho humano a participar en política. Para ello, citan una disposición de la Convención Americana sobre Derechos Humanos que establece que los derechos políticos pueden limitarse “exclusivamente” según una lista acotada de hipótesis, entre las que no figuran los límites a las reelecciones.

Esta interpretación es francamente un disparate. La disposición de la convención fue concebida para impedir que gobiernos autoritarios se aferren al poder proscribiendo caprichosamente a candidatos opositores y no para bloquear los límites constitucionales a las reelecciones que precisamente buscan evitar el surgimiento de caudillos.

Ciertamente, muchos políticos latinoamericanos han evadido los límites a las reelecciones presidenciales y, de paso, con frecuencia han socavado el Estado de derecho. Algunos, como Carlos Menem en Argentina y Álvaro Uribe en Colombia, reformaron la constitución y consiguieron nuevos mandatos, pero no lograron perpetuarse en el cargo. Otros, como Hugo Chávez en Venezuela, simplemente eliminaron los límites a las reelecciones. Son pocos los presidentes, como Lenín Moreno en Ecuador, que han buscado restablecer los límites para esas reelecciones.

Lo inusual de la estrategia de Morales, no obstante, es el descaro de recurrir a los derechos humanos para retener el poder.

Sin embargo, la descabellada estrategia de Morales no es inédita. En 2009, Daniel Ortega interpuso con éxito una demanda similar ante la Corte Suprema nicaragüense para eliminar los límites al número de mandatos presidenciales previstos en la Constitución. Ortega presidió Nicaragua a lo largo de los años ochenta y ya ha logrado dos reelecciones desde que recuperó el cargo en 2007. Con su actual mandato, que terminará en el 2022, logrará acumular veinticuatro años en el poder.

Además de descabellado, el nuevo intento de Evo Morales por mantenerse en el poder invocando normas de derechos humanos es hipócrita. El gobierno de Morales siempre ha sostenido con vehemencia que la soberanía está por encima de cualquier principio internacional de derechos humanos. En 2012, por ejemplo, Morales dijo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos era un “instrumento de dominación” y que estaba considerando abandonarla. Más recientemente, cuando el secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, criticó por Twitter la operación de Morales para entronizarse en el poder, el ministro de Justicia de Bolivia, Héctor Arce, lo acusó de “cometer atropellos contra la soberanía de Bolivia”.

Arce también prometió a los Estados de la OEA que el Tribunal Constitucional de Bolivia decidiría la demanda sobre la reelección indefinida con “absoluta independencia y libertad”. Sin embargo, hay serios motivos para desconfiar de ello. Los actuales magistrados del Tribunal Constitucional fueron elegidos en 2011 en un proceso controlado por congresistas del oficialismo.

Morales parece menospreciar la independencia judicial que su ministro de Justicia ha prometido a la OEA. Un día después de que sus legisladores presentaron la demanda ante el Tribunal Constitucional, manifestó en una entrevista que “la llamada independencia de poderes está al servicio del imperio norteamericano (sic)” y es una “doctrina norteamericana (sic)”. Los límites constitucionales son los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática y el presupuesto elemental para el respeto de los derechos humanos.

Luego de años de silencio, en 2017, los líderes democráticos de la región condenaron con firmeza los graves abusos de la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. Sin embargo, la defensa del Estado de derecho podría ser mucho más eficaz si los gobiernos reaccionaran de inmediato cuando los políticos desmantelan las normas establecidas para impedir que surjan autócratas, incluidas las medidas de límites a las reelecciones presidenciales.

Es prácticamente seguro que las actuales instancias judiciales de Bolivia no lograrán frenar la operación política de Morales para mantenerse en su cargo. Y, salvo que pierda las elecciones, Morales probablemente gobernará, al menos, hasta el 2026, sumando veinte años en la presidencia. Pero los gobiernos democráticos de la región deben reprochar su maniobra enérgicamente, al menos para restarle legitimidad a su futura presidencia y dejar en claro que no convalidarán las trampas de los políticos que quieran aferrarse al poder.

SUS CAMBIOS
Después de todo, los que saben de las lisonjas, sinsabores, sacrificios, triunfos y vanidades que vienen con el poder, coinciden en que nadie puede ser la misma persona después de más de una década de vivir como el centro de todo. Y en Bolivia, para bien y para mal, Evo Morales es el centro de todo y no es la excepción a la regla.

De "derechistas" a "compañeros"
El presidente de Bolivia tuvo un bautizo a fuego en sus primeros años, rodeado por una oposición que le impedía aterrizar en medio país y que controlaba el Congreso. Su intento por modificar la Constitución de su país estaba bloqueado y, entre 2007 y 2008, no fueron pocos los analistas que dijeron que él y su plan de "refundar Bolivia" estaban desahuciados.

Entonces Morales no daba tregua y acusaba a sus opositores de "separatistas", "terroristas", "derechistas" y "neoliberales". Y desde el bando contrario le devolvían epítetos tales como "macaco", "asesino", "indio" y "comunista". En una década, el presidente boliviano se impuso en tres elecciones presidenciales. Sus opositores nunca llegaron a conseguir la mitad de los votos que él conseguía y muchos se fueron rindiendo con el pasar de los años. Es más, algunos comenzaron a aproximarse al otrora satanizado "evismo".

Y Morales aprendió muy bien que no solo los bloqueos de carreteras y marchas sirven para ganar en la política: también sirven las alianzas, incluso las que puedan considerarse contradictorias. Así fue que después de los años más difíciles, casi de la noche a la mañana, en las propias palabras del presidente boliviano, "neoliberales" y "vendepatrias" se convirtieron en "compañeros confundidos que había que rescatar".

Al partido de Morales se sumaron exmilitantes de prácticamente todos los partidos políticos de la oposición boliviana, que ahora ocupan cargos públicos y desde entonces cantan el himno de ese país con el puño izquierdo en alto. El oficialismo boliviano también sumó a sus nuevos "compañeros" a la misma patronal agraria a la que antes acusaba de conspiración y complot. Algunos de los jóvenes que en los primeros años de gobierno de Evo perseguían con palos a personas con rasgos indígenas, hoy hacen campaña a favor del presidente boliviano. Y los músicos que le dedicaban canciones para insultarlo ahora cantan en su favor.

Tiempos de crisis
En los diferentes momentos de crisis que atravesó su presidencia, Evo tuvo varias oportunidades para demostrar las cualidades que le permitieron sobrevivir a tantos años de persecuciones y represión. Y si en las urnas fue imbatible, en las calles demostró en más de una oportunidad que su movimiento era tan fuerte y cohesionado que no permitiría que nadie le arrebate sus victorias.

Sin embargo también atravesó momentos de impotencia, como cuando en 2006 dos grupos de mineros comenzaron a matarse los unos a los otros y su naciente gobierno nada pudo hacer para evitarlo. Y, como cualquier otro político, también conoció la derrota.

Aquella vez en la que sus propias bases le dijeron que no defenderían la "neoliberal" y "descomunal" subida de precios de la gasolina que decretó en la navidad de 2010. Morales retrocedió después de cinco días de protestas en las calles en el último día de ese año. Dijo que lo hacía porque él "manda obedeciendo", pero su rostro no expresaba ninguna alegría en el momento de anunciarlo.

Siendo mandatario, Evo Morales tuvo que apelar a sus viejas artes sindicales, como declararse en huelga de hambre en pleno Palacio de Gobierno o dirigir marchas a través del altiplano boliviano. Fueron acciones inesperadas que descolocaron a sus contendores y le permitieron lograr sus objetivos.

Sin embargo, también durante su mandato, otras marchas fueron reprimidas y por ello algunos de los que lo conocieron aseguran que Morales ha cambiado. Y a muchos les costó creer lo que pasó en septiembre de 2011, tal vez el peor año de Evo. Una marcha que se oponía a un proyecto carretero en medio de una selva fue asaltada por oficiales de Policía y aviones de las Fuerzas Armadas. Muchos todavía le recuerdan ese episodio a Evo y a sus defensores.

Lo que cambió (y lo que no)
Pablo Stefanoni, exdirector de la edición boliviana de Le Monde Diplomatique, sostiene que
el liderazgo de Evo Morales ha sufrido algunas transformaciones. “Puedo referirme a una: para justificar sus reelecciones se debió abandonar la imagen de que él es ‘uno más’ entre los campesinos, lo que un documental reflejó en el título ‘Hartos Evos hay aquí’”.

Y añade: “En este tiempo se fue acentuando la idea de que se trata de un líder excepcional, casi predestinado para ello, en la huella del legendario Tupak Katari. El canciller David Choquehuanca sintetizó esta evolución: ‘Hay un solo Fidel, un solo Gandhi, un solo Mandela y un solo Evo’”.

Esto era necesario, a juicio de Stefanoni, porque si hay "hartos Evos" no habría razón para modificar la Constitución y habilitar un cuarto mandato. “Lo que no ha cambiado de Evo es un fuerte predicamento como líder popular. Se trata de un presidente-símbolo que trasciende una mera gestión presidencial. De allí que no sea fácil para sus opositores vencerlo en las urnas”, agrega.

“Su liderazgo combinó desde el comienzo pragmatismo y búsqueda de inscribirse como un presidente que cambió Bolivia. Esos orígenes como sindicalista son aún muy perceptibles en su forma de gobernar", culmina el especialista.

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*Con información de la BBC


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